El fin del rescate.

Cómo dejar de esperar a que vengan por ti.

Estar en una constante espera por tu rescate no es una fantasía tuya. Es una fantasía impuesta con la que hemos crecido todas. Esta idea de que alguien allá afuera vendría en búsqueda de nosotras para rescatarnos de lo que sea ha moldeado a la mayoría de las mujeres y nos ha resumido a ser lo suficientemente pacientes y pasivas para esperar por ese rescate.

En mi caso, recuerdo que de pequeña, en la finca de una tía, me encantaba aislarme en los matorrales junto a la quebrada a fantasear con que una mujer se abriría paso entre los árboles, me abrazaría y me diría: "He llegado, ya no vas a sufrir más". Yo tendría unos diez años y era una niña que estaba creciendo en medio de pocos cuidados y afectos. Así que mi mayor necesidad era esa: la de sentir que una madre me protegía.

No hay nada más natural en una niña sensible y sola que el deseo de sentirse amada y cuidada. Y aunque hoy ya soy una adulta, ese deseo se ha mantenido intacto y presente en cada una de mis decisiones y de mis relaciones. No voy a culparme por continuar teniendo el mismo anhelo veinte años después; pero lo que sí voy a hacer es hacerme responsable del hecho de que esa mujer que se abría paso entre los matorrales hoy soy yo, y esa niña de diez años aún está a mi espera.

Siento que este deseo profundo que las mujeres tenemos por sentir que alguien llega a nuestro rescate es una de las necesidades que debemos identificar con mayor urgencia para hacernos dueñas de nuestra propia vida. Porque, aunque es real que el exterior a veces promete salvarnos de lo que sea, poner toda la fe en ello nos está arrebatando la oportunidad de conectar con nuestro poder femenino. Y no vale la pena perdernos de este poder propio por estar a la espera de un rescate que quizás llegue, pero que probablemente no.

Tener hoy la claridad de irme a esa quebrada y ver lo llena de miedo que vivía de niña me hizo entender el origen de mi espera. Y ahora que veo esa necesidad, me doy cuenta de lo mucho que me he abandonado por esperar a otros. Vivir en espera de otros me ha privado de vivirme a mí misma, y creo que ese ha sido uno de los abandonos más crueles que me he infligido. Porque sí es cierto que fui una niña muy herida, pero hoy soy una adulta y soy la única responsable de abrirme paso entre los matorrales para abrazarla.

Haber entendido que probablemente nadie vendrá a mi rescate me obligó a buscar maneras de rescatarme yo misma. Y mi forma «práctica» de procesarlo fue pensar: «Ah, pues lo que otros hacían conmigo ahora yo lo haré por mí. ¿Verdad?». Pues no. Porque, por ejemplo, durante mucho tiempo me mantuve en relaciones que no me daban ni un poco de lo que quería; yo me mantenía ahí solo por la necesidad de sentir que le importaba a alguien, aunque fuera un poco.

Y a esa necesidad, hoy le llamo ruido. Permitirme estar acompañada solo por estarlo era puro ruido que me distraía de la conexión con mi propio poder de autorescate.

Y entonces elegí empezar a librarme del ruido, poco a poco pero de manera sostenida, para empezar a habitarme en el silencio. Porque los matorrales son grandes, abultados y hacen ruido, y necesito estar concentrada buscando a esa niña. Pero, sobre todo, cuando la encuentre necesito tener la capacidad de decirle: «He llegado, ya no vas a estar sola». Necesito de verdad hacerle sentir que ya no está desamparada, brindarle presencia y un abrazo enorme.

Hoy mismo, aún estoy en esos matorrales; aún no la encuentro, y duele porque sé que ella continúa esperándome. Pero está bien, porque lo que más me importa hoy es que ella sepa que yo estoy en su búsqueda. Así que sé que llegará el momento de encontrarnos; hoy vivo para ello.

Y aunque el hecho de saberme responsable de mi propio rescate ha sido el paso más crucial de todos, no es ni un poco el final del camino: es apenas el comienzo. Porque elegirte es un proceso concienzudo del día a día, sobre todo cuando llevas una vida marcada por el rescate que otros han hecho por ti. Entonces no sabes rescatarte; no tienes idea de cómo se consigue eso y empiezas a sentir frustración porque tus deseos siguen siendo los mismos, pero no sabes cómo atenderlos.

En medio de mi frustración, he ido encontrando pequeñas maneras que me hacen sentir más del lado de la rescatadora que de la niña esperando ser rescatada:

  • Construir refugio interno: Aprenderme a sostener en la incomodidad, sin buscar anestesia, ha sido una de las herramientas que más me ha dado claridad. Porque una vez te sientas con el monstruo de la incomodidad, empiezas a hacer asociaciones sobre de dónde viene todo ese dolor, y para tu cerebro, encontrarle sentido a las cosas es sumamente placentero. Lo estás retando a hallar valor en algo sumamente incómodo. Así que necesitas aprender a sentir la incomodidad física en el cuerpo, entendiendo que el malestar es solo tu brújula interna intentando mostrarte qué herida necesita atención.

  • Replicar el cuidado que faltó: Yo fui una niña muy sensible que jamás recibió un trato sensible. Soy llanera, crecí en una cultura con una invalidación emocional muy profunda. Hoy, que me reconozco como una mujer altamente sensible, no me castigo ni un solo día por sentir tanto, a pesar de haber crecido siendo duramente castigada por ello. Entendí que los adultos que cuidaron de mí simplemente no sabían gestionar lo que me pasaba. Y esa es ahora mi responsabilidad: aceptarme vulnerable y abrazarme mucho para cuidar de esa vulnerabilidad.

  • Sostener la presencia constante: Pasar de la teoría a la rutina diaria ha sido lo que sin duda más me ha costado, porque romper patrones es de las cosas más complejas que atravesamos. Es más difícil aún cuando vemos el patrón, nos reflejamos en él y aun así continuamos ahí sometidos. Ahí me sostuve yo por muchos años: sabiendo que vivía desde mis heridas y sin poder hacer nada por salir de ese ciclo. Y esto no es falta de voluntad ni pereza; es que cuando algo te duele tanto, en serio te incapacita la habilidad para salir de allí. Y siento que lo que más me abrumaba era pretender romper ese patrón de repente y de inmediato, y como no lo conseguía, me frustraba muchísimo. Hasta que me fui aceptando en esos errores con amor, entendiendo que el rescate no es un evento único y repentino de revelación, sino una decisión terrenal que se toma todas las mañanas al abrir los ojos.

Así que si hoy te encuentras en medio de tus propios matorrales, sintiendo que no sabes cómo dar el siguiente paso, recuerda que no tienes que inundarte de un silencio absoluto para aprender a escucharte. Basta con que te sepas con ese deseo de habitarte para empezar a abrir espacios. Basta con abrir los ojos en la mañana, mirar de frente la incomodidad y decidir, aunque sea por un instante, ser tú esa persona que tanto esperabas; celebrar esa llegada con un placer pequeño que te permita sentarte a solas con tu propia rescatadora.

Porque convertirte en tu propia rescatadora es como empezar a salir con alguien. Todo arranca con una cita tanteando cómo se siente esa compañía, y de pronto esa presencia va volviéndose costumbre: se cuela en tus domingos, te sorprende en su casa un lunes a las cinco de la tarde y, sin darte cuenta, eso ya tomó forma. La única diferencia es que en esta relación jamás habrá una despedida, porque una vez que te conoces, ya nunca vas a querer soltarte.

Bienvenida a tu nuevo rol de rescatadora propia. Bienvenida a tu fiesta propia.

Con amor,

Julieth.